
Un tálamo de ceniza y llaga
Gerardo Castillo Sandoval se dedica a la pintura desde hace 43 años, con una formación diversa que fluye entre el diseño gráfico, la publicidad y el diseño teatral. Se desempeña como retratista y caricaturista, sin embargo es en la escritura y en la pintura donde desarrolla su tema central: el “realismo sucio”. Trabaja con lo local y cotidiano del día a día característico en la Plaza de Armas de Santiago Centro; en este lugar de altos contrastes sus ojos encuentran la belleza en el mundo urbano y crudo. Si bien no es lo bello en un sentido canónico, es un retumbe sórdido del que hay que hacerse cargo: quien aparece en la pintura, cobra visibilidad ante los ojos que antes lo ignoraban. La historia del arte muestra cómo los retratados pasaron de ser los nobles, los gobernantes y la iglesia, a ser la gente común y corriente, e incluso los marginados.
En el ecosistema de la plaza se entremezclan los murmullos de la prostituta que comenta cómo le fue en su jornada y el vagabundo que enumera a los acuchillados recientes. Bajo un quitasol se desarrolla el retrato del mendigo que te compra un cigarro y escucha todo el día la Radio Corazón hasta dormirse en plena calle. El pintor busca redimir -desde un estatus heroico- la marginalidad de esta fauna abundante en locura, que se deja sentir entre olores a orines, fecas y marihuana. Todo contrasta con el perfume de algunas personas de alta clase que circundan, en un espectáculo calificado por el habitual desprecio y clasismo del santiaguino, el más fiel espectador.
Así como en la corte de los milagros de París del SXVII – barrios marginales donde vivían los mendigos, timadores, prostitutas y otros- en la Plaza de Armas cada grupo se mueve según sus códigos, trabajan en sus zonas y horarios. Algunos diálogos son altos en ignorancia, quizás la mayoría, lo que hace que el buen lector tenga dificultades para encontrar un buen interlocutor, no obstante, quien posee una sensibilidad aguda sabe disfrutar de diversas conversaciones: “Uno tiene que hablar de cosas banales profundamente y no hablar de cosas profundas banalmente”, como dijo Claudio Giaconi.
En el género artístico del realismo no se debe ficcionar ni acaramelar lo representado, la “suciedad” particular de esta propuesta reside en lo grotesco y desarrapado del modelo. No hay un refinamiento, no se maquilla ni se perfuma: se deja entrever la crudeza de que no todo es luminoso, ni la gente es del todo cándida, hay apuestas morales y épicas. ¿Dónde está la gente linda que saliera a recibirnos de las cuales poder anegarse? Trabajadores de la prostitución, eso era todo y los primeros retoños de la mendicidad establecida eso era todo. Así escribió Enrique Lihn en su poema El Paseo Ahumada. Cada realismo representa una localidad, por lo tanto todos son distintos, pero no deben fallar en su fidelidad al modelo. En Latinoamérica se deja sentir con un dejo de lo bizarro y lo barroco, a veces con tintes mágicos cuando nos aproximamos a la selva, y con la dualidad de los ángeles que nos dejó el catolicismo solapándose al arte indígena; aquí el realismo aparece entre las huellas de la dictadura y el susurro venidero del fascismo, junto a la familia, la risa y el desasosiego.
Fernanda Yévenez
Curadora.
Curadora/Commissaire/Curator : Fernanda Yévenez
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